La vuelta
Un potente ariete revienta-puertas, de unos 15 Kg de hierro denso y oscuro, golpeó mi estómago nada más bajar del avión y poner pie en tierras sevillanas. Su empuje, equivalente a unas 9 toneladas, abrió un enorme agujero en mitad de mi cuerpo, a la altura del estómago, que aún no se ha cerrado. Claramente subestimamos la vuelta.
Mi corazón, por ese entonces, era un chicle de fresa mascado y sin sabor, cansado de haber sido aplastado, una y otra vez, por la mandíbula despiadada de múltiples adioses.

Elsa despidiéndose de Sudamérica desde Montevideo en el último día de nuestro viaje
Medio año después
Han pasado ya 6 meses del regreso y por ese hueco gigante se siguen escapando de mí las raíces de muchas ilusiones, los recuerdos deshilachados de sueños recién cumplidos.
Se ha instalado en cada amanecer un desasosiego que sospecho crónico. Me preocupa. Mientras escribo me duele la barriga y este planeta hermoso. Siento ardor esofagal por el reflujo intermitente de personas que ya no están a mi lado. No se bien como aliviar el escozor.

Tarta con que nos recibió nuestra familia el día que llegamos

Ni siquiera esta dulce y linda abejita pudo contener el shock que se vendría
Entre anochecer y anochecer tengo episodios habituales de asma emocional. Nada me calma, ni siquiera los intentos de conversaciones analgésicas con que trato de engañar a mi memoria. Creí que estaba preparado. Me equivoqué. No sirvió de nada pensarlo mucho.
He intentado fingir gritando que no he cambiado, que mi escala de valores sigue siendo la misma. Pero el peso de cada escalón es insoportablemente familiar.

Reencuentro con amigos (Ernesto, Edu y Álvaro), una parte psicológicamente esencial de la vuelta.
Ya nada será igual. Cuando pruebas ser dueño de todos los minutos de tu día las consecuencias son irreversibles; el daño celebrar lo irreparable. Explorar el camino propio y lúnico, ese que nunca nos enseñaron, abre un universo de infinitas posibilidades dentro de nuestro propio universo.
El pulso se acelera, la imaginación se dispara y el futuro, ese que habíamos ido fraguando lentamente con carreras, expectativas paternas, confort y nóminas, se hace añicos.

Para seguir viajando estamos organizando charlas del viaje por episodios en casa de Julia y Enrique
Hoy
Hoy siento que pertenezco a dos mundos incompatibles pero complementarios: el del viajero que se va y el del soñador que se queda.
Valoro mejor las lluvias, sean las que sean.
Me cuesta desayunar por las mañanas.
El deporte no me motiva.
El presente me pone muy nervioso.
Remoloneo mucho más al despertarme.
Las horas ya no duran lo mismo.
Me pesa la distancia.
Escupo un brevísimo “muy bien” cuando alguien me pregunta por el viaje.
– Doctor ¿Sabe usted que me pasa?
– Si, el diagnóstico es claro y definitivo: has vuelto. Pero tranquilo, volverás.
Fragmento del libro que estoy escribiendo, inspirado en el corto «El Síndrome del eterno viajero II (La vuelta)» de nuestros amigos Lucía Sánchez y Ruben Señor del Proyecto Viajero Algo que recordar
Nota a los correctores voluntarios: hay expresiones raras que no son erratas, son juegos y palabras inventadas. Gracias.



2 comments
Comment by Lisa
Lisa 27 febrero, 2018 at 22:55
Genial Andrés! Qué ganas de tener el libro ya!!!!😍
Comment by Pepe Yanes
Pepe Yanes 19 febrero, 2018 at 23:03
¿Qué me pasa, Doctor?
Lo que te pasa es que tienes dentro un gusanillo, y no es el del sika precisamente. Es el gusanillo del viaje, que se te ha metido muy adentro.
Abrazo de Pepe y Alegría